Escudo de Torreón

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viernes, noviembre 20, 2009

A 99 años del levantamiento



Hoy 20 de noviembre, se cumplen 99 años de la fecha a la que el señor Francisco I. Madero convocó para iniciar el desconocimiento del Presidente Porfirio Díaz por medio del levantamiento armado.

El llamado a las armas lo convocó a través de su “Plan de San Luis”. En el punto tercero de este plan, Madero promete hacer una revisión de los casos de despojo de tierras padecidos por la población mexicana. El mismo Madero declaraba que la Ley de Baldíos se había prestado para muchos abusos que había que reparar. Es decir, Madero reconoció en su Plan, de una manera explícita, que el gobierno y la legislación mexicanos eran culpables de una situación social de abuso e injusticia crónicos.

Esta “ley sobre ocupación y enajenación de terrenos baldíos fue promulgada el 26 de marzo de 1894, y tenía como antecedente inmediato la “ley de baldíos” dictada por Benito Juárez el 22 de julio de 1863. Ambas tenían como fundamento el artículo 27 de la Constitución de 1857, la cual reconocía solamente la propiedad individual de la tierra, pero no la comunal. Desde luego, se trataba de una medida altamente racista, que dirigía su golpe contra los indígenas y algunas corporaciones.

Estas tres leyes, dictadas por el gobierno mexicano, hicieron extremadamente sencillo que cualquier persona con algo de dinero, denunciara como “baldías” o “sin dueño” las tierras poseídas en común por indígenas y mestizos. Los indígenas estaban en posesión de sus tierras de inmemorial, incluso desde tiempos precortesianos, cuando esas tierras tenían el estatus de “calpullis” o tierras de clan, como las de Escocia. Sin embargo, el gobierno, de un plumazo, les arrebató el derecho a la propiedad y los despojó de la posesión continua, quieta y pacífica de centenares de años, para entregárselas a los advenedizos que ofrecían sumas ridículas por ellas.

La historia oficial de la Revolución Mexicana, rara vez señala a la legislación o al gobierno como los grandes culpables de la situación de despojo que vivieron los campesinos a manos de los hacendados. Por lo general se culpa la voracidad de estos últimos, pero nunca la complicidad del gobierno. Y hay que recordar que no fue el gobierno de Porfirio Díaz el que elucubró esta manera fácil y rápida de hacer dinero a costa de los posesores agrarios indígenas, sino los constituyentes de 1857, y 6 años más tarde, el presidente Benito Juárez en persona.

No fue sino hasta 1917 que los nuevos constituyentes reconocieron la propiedad comunal de la tierra, en el artículo 27 de la Carta Magna. Para ello tuvo que ocurrir una ruptura institucional, confrontación de diversos movimientos armados, y sobre todo, un millón de muertos.

¿No se podía haber evitado este lado obscuro de los hechos, simplemente con que los legisladores escucharan las demandas del pueblo?

lunes, noviembre 16, 2009

Locke y las revoluciones políticas



Estamos por celebrar el nonagésimo noveno (99) aniversario del inicio de la Revolución Mexicana, cuyo comienzo ha sido acotado al 20 de noviembre de 1910. El próximo año 2010 se cumplirá el centenario del inicio de esta gesta histórica.

Para iniciar una serie de artículos destinados a celebrar este acontecimiento, comenzaremos hoy con la moderna teoría del Estado, la cual fue concebida por el filósofo John Locke, a quienes muchos consideran “padre del liberalismo”.

En sus “Ensayos sobre el gobierno civil” escritos entre 1679 y 1681, establece que el Estado tiene por objeto la consecución del bien común de los ciudadanos que lo integran. Para Locke —a través del consenso y del contrato social— la soberanía reside en el pueblo, y es el pueblo, no Dios ni la dinastía, quien le da legitimidad al soberano.

Desde el punto de vista del filósofo, el soberano es solamente un mandatario (un gerente, por decirlo así) que debe de respetar y administrar los recursos totales de su país (trabajo, capital, propiedad) para la consecución del bien común. En la medida en que el soberano se desentienda de esta función y objetivo, en esa medida, para Locke, es legítima la rebelión, la revolución.

Esta doctrina política del siglo XVII muestra que el Estado es solamente un medio al servicio del pueblo, y no un fin en sí mismo. Se trata del Estado al servicio del pueblo, y no el pueblo para servicio del Estado. Lo mismo se puede decir del mandatario, que debe de estar al servicio del pueblo, y no el pueblo al servicio del mandatario. Todo eso lo implica precisamente la noción de “bien común”.

Esta doctrina política impactó profundamente la historia del mundo occidental, comenzando por Inglaterra, donde se aplicó para justificar el cambio de la dinastía Estuardo por la de Orange por medio de la “Revolución Gloriosa” de 1688; las 13 colonias anglo-americanas basaron su revolución de independencia contra Jorge III en los enunciados de Locke (1776), y ciertamente la Revolución Francesa (1789) surgió de las ideas de Locke “Segundo Ensayo sobre el Gobierno Civil” y de las de Rousseau “El Contrato Social”.

Desde entonces, el término “revolución” tiene un significado profundo de rebelión contra el Estado o contra el mandatario opresor que no cumple con su función primordial: la búsqueda del bien común. Es importante tener este postulado en mente, para poder entender los diversos procesos, momentos y lecturas de nuestra Revolución Mexicana, iniciada en 1910.

Pues mientras que Madero buscaba básicamente una apertura democrática del Estado Mexicano, los generales designados por el pueblo, Villa y Zapata, representaban grandes sectores de una población agraviada que buscaba la reivindicación de parte del Estado; Carranza será el representante de la institucionalidad porfiriana, maderista y posteriormente constitucionalista, que buscaba la legalidad y continuidad del Estado. A Carranza se le debe la Constitución de 1917, con sus innovaciones en materia de educación y seguridad laboral y social.