Escudo de Torreón

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martes, febrero 16, 2010

Guardianes del AGN: D. Guadalupe Sarmiento


Fotografía de Andrew Willms.

Otro de los hombres que participaron en la custodia del Archivo General de la nación fue Guadalupe Sarmiento Espino (o Espinoza). El era originario de Mapimí, donde nació en 1822. Se casó con María Inocencia Salazar, originaria de la Hacienda de Los Hornos (jurisdicción de Viesca) el 10 de febrero de 1844. Cuando se levantó el padrón de la jurisdicción de Viesca (1848), Guadalupe Sarmiento y María Inocencia moraban en su casa del Rancho de Matamoros (Coahuila). Con ellos vivía Matiana Sarmiento, su hija de 1 año de edad.

Don Guadalupe era hijo José María Sarmiento y de María Eugenia Espino, casados en la parroquia de Santiago de Mapimí el 15 de febrero de 1820, y nieto paterno de Martín Sarmiento y de Úrsula Vargas, y de Félix Espino y Bernarda Silva, por la línea materna.

El padre de María Inocencia Salazar, esposa de Guadalupe, fué Ignacio Salazar, quien nació en el Real de Cuencamé en 1795. Siendo residente del lugar, casó en Viesca el 30 de enero de 1820 con María Paulina Montoya, nacida en 1797. Inocencia era nieta por línea paterna, de José María Salazar y de María Jacinta Estrada, y nieta por línea materna, de Máximo Montoya y de María Clara de los Reyes.

Los suegros de Guadalupe Sarmiento, Ignacio Salazar y Paulina Montoya eran vecinos del “Gatuño” (Congregación Hidalgo, en Matamoros, Coahuila) en 1848. Con ellos vivían sus hijos Gerónimo Salazar, de 15 años; Roberto Salazar, de 14 años; Longinos Salazar, de 11 años; María Catarina Salazar, de 9 años y Bonifacio Salazar, de 7 años. Todos ellos eran cuñados de Guadalupe Sarmiento.

De entre éstos, Gerónimo Salazar Montoya, cuñado de Juan de la Cruz Borrego, sería oto de aquéllos hombres que 16 años más tarde, se convertirían en custodios del Archivo General de la Nación en la Cueva o Gruta del Tabaco. El 7 de enero de 1856, Gerónimo contrajo nupcias con María Benedicta Salazar en la parroquia de Santiago Apóstol, de Viesca. La novia era originaria del Saucillo, e hija de Enrique Salazar y de María Guillerma Baltara.

El acta de matrimonio de los suegros de Guadalupe Sarmiento, se transcribe a continuación:

“En el año del Señor, a treinta de enero de mil ochocientos veinte, habiendo precedido las tras canónicas moniciones en tres días de fiesta inter misarum solemnia que lo fueron la 1ª de 9 de dicho [mes] día domingo, la 2ª en día 16, domingo, y la 3ª en el día 23 del mismo, día domingo, en tanto se decía la misa mayor en esta santa iglesia del Álamo, ayuda de la de parroquial de Parras, yo el cura teniente Dn. Mariano de Riaño , desposé solemnemente por palabras de presente a José Ignacio Salazar, indio de edad de veinte y cinco años, originario del Real de Cuencamé, y residente en la Hacienda de los Hornos desde su tierna edad, hijo legítimo de José Ma. Salazar y de Ma. Jacinta Estrada, ya difunta, con María Paulina Montoya, india originaria de este pueblo, de edad de veinte y tres años, hija legítima de Máximo Montoya, ya difunto, y de Ma. Clara de los Reyes, siendo testigos Adauto Adriano, José Tomás Chacón y José Gordiano Favela. Fueron sus padrinos Andrés Adame y María Simona Lerma. [Rúbrica]”. Parroquia de Viesca, Libro Tercero de Matrimonios (1788-1827) Tomo II. Copia en el Centro de Investigaciones Históricas de la UIA-Torreón.

lunes, febrero 15, 2010

Guardianes del AGN: D. Juan de la Cruz Borrego


Foto de Andrew Willms.

En 1864, algunos señalados laguneros protagonizaron la gesta relativa a la custodia del Archivo General de la Nación en la Cueva del Tabaco por encargo del presidente Benito Juárez. El presidente les encomendó la guarda de once carretas cargadas con una selección de valiosos documentos que eran de la mayor importancia para el Partido Liberal y para la causa de Juárez, entonces en lucha contra el imperio de Maximiliano. Estos laguneros cumplieron el encargo fielmente, aún con riesgo de torturas y muertes a manos de los franceses.

Entre los nombres de estos bravos laguneros se encuentra, en primerísimo lugar, el de don Juan de la Cruz Borrego, el cabecilla de todos ellos. Los otros valientes fueron Julián Argumedo, Ángel, Vicente, Cecilio y Andrés Ramírez, Diego de los Santos, Epifanio e Ignacio Reyes, Mateo Guillén, Francisco, Julián y Guillermo Caro, Telésforo y Gerónimo Reyes, Marino Ortiz, Guadalupe Sarmiento, Pablo y Manuel Arreguín y Gerónimo Salazar.

16 años antes de los hechos de 1864, o sea, en 1848, Juan José de la Cruz Borrego, entonces de 30 años, vivía tranquilamente en “El Gatuño”, una diminuta comunidad de apenas 31 casas. Este lugar se llama actualmente “Congregaciión Hidalgo” y se encuentra en el municipio de Matamoros, Coahuila.

Con su esposa, Benita Rodríguez, de 25 años, Juan José había procreado dos hijos Agustín (bautizado en Viesca el 7 de septiembre de 1844) y Gabriel, ambos de apellido Borrego Rodríguez. Juan José y Benita constituían un matrimonio joven, pues se habían casado en 1843, el 25 de noviembre, en la parroquia de Viesca, Coahuila. Entre 1843 y el 30 de enero de 1848, habían engendrado a sus dos hijos varones. Pero después de esta fecha tuvieron otros, que fueron José Felipe y María Rosa, mellizos, (bautizados el 11 de marzo de 1848).

El acta de matrimonio de Juan José y Benita, se transcribe a continuación:

“En esta santa iglesia parroquial del Álamo de Parras, a los veinte y cinco días del mes de noviembre del año del Señor de mil ochocientos cuarenta y tres años, habiendo precedido las tres canónicas moniciones en tres días festivos inter misarum solemnia, que fueron el treinta de octubre, primero y seis de noviembre, yo el presbítero D. Anacleto Lozano, teniente cura, casé y velé in facie eclesie por palabras de presente, preguntándoles su mutuo consentimiento, a Juan José Borrego, de veinte y cinco años, soltero, originario del punto de Santo Domingo de la Punta de esta jurisdicción, hijo adoptivo de D. Francisco Borrego y de Da. Inés de la Peña, con Da. Ma. Benita Rodríguez, de veinte años de edad, originaria y residente de los Hornos, hija legítima de José Antonio Pío Rodríguez y de Da. María Eulogia Salazar. Testigos: D. Onofre Hernández y Guadalupe Muñoz, para constancia lo firmo. [Rúbrica]”. Viesca. Libro Cuarto de Matrimonios 1828-1844. Copia en el centro de Investigaciones Históricas en la UIA-Torreón.

Por ser Juan José de la Cruz Borrego hijo adoptivo, este cronista no pudo rastrear su genealogía ascendente. Sin embargo, mencionaremos la de Benita Rodríguez Salazar, su esposa.

Sus padres casaron el 29 de julio de 1821, en la iglesia del Álamo. Pío Quinto Rodríguez, de 25 años de edad, hijo de Francisco Rodríguez y de María Catarina Cifuentes, casó con María Eulogia Salazar, hija de José María Salazar y de María Jacinta Estrada, ya difuntos.

martes, diciembre 01, 2009

Matachines, "tradición antiquísima"



Es ya bien sabido que la danza de matachines constituye uno de los rasgos culturales que nos dejaron nuestros abuelos tlaxcaltecas en la Comarca Lagunera. Y aunque quizá las de Torreón sean las peregrinaciones con matachines más largas y mejor ataviadas, no son originarias de Torreón. Estas danzas llegaron con los emigrantes de Parras, Viesca y Matamoros (en Coahuila). Parras y Viesca fueron municipios tlaxcaltecas desde su fundación, y en el siglo XIX, Matamoros se pobló con gente de ambos lugares. En su jurisdicción y con mucha gente de Matamoros, Viesca y Parras, se creó el municipio de Torreón el 24 de febrero de 1893.

Por consiguiente, los matachines han estado presentes en la expresión de la religiosidad comarcana desde el siglo XVIII, que es cuando aparece la primera constancia histórica de su existencia y actividad, en el Santuario de Guadalupe de Parras.

Viesca fue fundada como colonia tlaxcalteca por el Pbro. Manuel Valdés, a finales del primer tercio del siglo XVIII, esto es, en 1732. Este lugar mantuvo intactas sus tradiciones tlaxcaltecas, entre las cuales se contaba la de la danza de los matachines.

Un artículo del diario “El Siglo de Torreón” fechado el 17 de mayo de 1925, página 4, menciona esta costumbre como algo celebrado desde antiguo en Viesca. Veamos su texto:

“Viesca, Coah. mayo 15. Siguiendo la antigua costumbre implantada desde hace muchos años, hoy también se verifica la función de matachines en honor del apóstol Santiago. Ayer por la tarde, vestidos con uniformes y con la imagen del santo a la cabeza, desfilaron por la calle de Orilla del Agua los matachines y hoy por la mañana la ceremonia religiosa, al aire libre, donde se bailará sin descansar. Algunos años anteriores, la violación a la Constitución se hacía de una manera más escandalosa, pues los matachines danzaban por las calles hasta llegar a la puerta del templo, donde se bailaba, y al otro día recorrían las calles de la población”.

Otro artículo del mismo diario, también referente a la misma actividad en Viesca, dice textualmente:

“Viesca, 21 de mayo de 1926. Los pequeños agricultores de la localidad, siguiendo la tradicional costumbre religiosa, festejaron el día de “San Isidro” con danzas de “matachines” que se celebró en las goteras [afueras] de la población, donde por lo regular tienen sus sembrados, habiendo concurrido un gran número de familias a presenciar las grotescas contorsiones del baile que hacían los individuos vestidos de “indios” con chimal y arco, notándose, entre todos ellos, una señorita que al “son” de la tambora y violín, desempeñó perfectamente su papel, y a quien los concurrentes aplaudían con demasiado entusiasmo. A pesar de ser esta una fiesta antiquísima, este año tuvo gran animación, tal vez por que la cosecha anual de trigo promete abundante fruto. La festividad se desarrolló en el más perfecto orden”.

No podemos dejar de notar en este artículo, que el redactor no simpatizaba con la danza de matachines ni con las tradiciones indígenas. Sin embargo, es interesante que describa los instrumentos musicales propios de esta danza, la tambora y el violín, así como el atuendo de arco y escudo (chimal). En cuanto a su comentario sobre la señorita, resultó poco caballeroso y bastante misógino.


Enlace a un artículo de la Crónica de Torreón sobre los matachines como herencia tlaxcalteca:




viernes, septiembre 04, 2009

La "reliquia" en Matamoros, 1927



De acuerdo a una nota periodística de “El Siglo de Torreón” del 19 de marzo de 1927, la tradicional “reliquia” de asado de puerco y sopas de pasta, tenía su propia historia en la vecina ciudad de Matamoros, Coahuila.

Esta comida votiva era conocida ahí como “reliquia de San José”. La particularidad de esta tradición en Matamoros, aparte de que estaba dedicada a San José, es que no había invitados designados, sino que era un evento para todos, una especie de “casa abierta”. Las calles se llenaban con gente que transitaba para acudir a la casa de aquéllas solventes familias que ofrecían esta comida a quienes se la solicitaran. Muchas veces, estas mismas familias enviaban “reliquia” para los presos de la cárcel.

Entre las personas que en 1927 abrieron sus casas y mesas para que acudiera la gente que lo quisiera, estaban el señor Juan Toro y señora; el señor Pilar Rodríguez y señora; el señor Juan Esquivel y señora; el señor Sebastián Ibarra y familia.