Escudo de Torreón

Escudo de Torreón

viernes, julio 22, 2016

El Nazas y tajos a finales del siglo XVIII


El Nazas y la Laguna de Tlahualilo en 1771, por el Ing. Lafora.
El mapa muestra los dos cursos que podía tomar el Nazas, formando diferentes lagunas.

Es muy interesante analizar las actas sacramentales de la vice parroquia del Álamo de Parras (Viesca, Coahuila) cuya jurisdicción eclesiástica abarcaba la totalidad de la gran Hacienda de San Lorenzo de La Laguna, ya que no solamente contienen noticias de carácter genealógico, de estatus racial y legal, sino también de cuestiones hidrológicas. 
Durante el último tercio del siglo XVIII, dichas actas sacramentales mencionan no solamente que el curso del río Nazas iba hacia el norte, hacia Tlahualilo, sino que también mencionan los “tajos” (cauces naturales o excavados) que los marqueses de San Miguel de Aguayo aprovecharon para tomar el agua desde la Boca de Calabazas hacia sus haciendas ovejeras, para suplir el agua del río que, según el padre Gutiérrez, ya no fluía hacia el oriente. 
Se mencionan varios “tajos” como el de La Cruz o el de Río de las Nazas. Un ejemplo de lo anterior lo encontramos en la partida de bautismo de María Saturnina Tomasa Hernández Barraza, “loba” [“Lobo”, mezcla de español, indio y negro] bautizada el 29 de diciembre de 1789. 
El texto de la partida indica “que nació en el Tajo, Río de las Nazas, Laguna de Tagualilo, Rancho de San Antonio del señor marqués de Aguayo” el 30 de noviembre de 1789, como hija legítima de Francisco Hernández en la Sauceda de esta jurisdicción, Rancho de San Antonio del marqués de Aguayo, Río de las Nazas, Laguna de Tagualilo de esta jurisdicción, y de María Juliana Barraza, de San Juan de Casta, jurisdicción de Mapimí, y legítimamente casados.
“Y porque a la presente viven y habitan en el Rancho de San Antonio del marqués de Aguayo; en el Tajo Río de las Nazas, Laguna de Tagualilo desta vecindad y jurisdicción”, fueron padrinos, que la tuvieron o recibieron, Josef Alvino Chavarría del Rancho de San Antonio del marqués de Aguayo, jurisdicción de San Francisco de los Patos perteneciente al pueblo de Santa María de las Parras, y su mujer, María Michaela Peinado, de la estancia de Aguanueva, jurisdicción de la villa de Santiago del Saltillo. 
La partida bautismal la firma don Manuel Sáenz de Juangorena, capellán de la Segunda Compañía Volante de San Carlos de Parras, y "actual teniente de cura" del pueblo de San José y Santiago del Álamo. 
En partida parroquial de San José y Santiago del Álamo (Viesca) consta que el 26 de enero de 1793 se bautizó a un niño, Pedro Marcelo, “mulato”, [mezcla de español y negra] hijo de Ambrocio “Anrríquez” “mulato”, originario de Patos y de María Poncina Díaz, originaria de Patos. Nació el 16 del mismo mes, en “el Tajo de la Cruz y Rancho de San José” perteneciente al señor marqués de San Miguel de Aguayo.
En la partida de matrimonio asentada en San José y Santiago del Álamo (Viesca) del 10 de noviembre de 1794, se menciona a Juan José Serapio Sánchez, “lobo” de madre “mestiza”, originario de Patos (General Cepeda) huérfano de padre y residente en el rancho de San Antonio, “agostadero de esta jurisdicción” perteneciente al señor marqués de San Miguel de Aguayo. Casó con María de la Cruz Gómez, “mestiza” originaria de La Sauceda. Para finalizar, mencionamos que el padre Dionisio Gutiérrez afirmaba que el Río Nazas no corrió hacia el oriente por varios años.


Tsai Yüan, la villa agroindustrial


Desde el 24 de febrero de 1893 hasta el 15 de septiembre de 1907, nuestra población se llamó oficialmente “Villa del Torreón”. Dicho día de septiembre fue elevada al rango de ciudad. Sin embargo, Torreón no era cualquier villa. Era un pujante centro agroindustrial, ubicada en el cruce del Ferrocarril Central Mexicano y el Ferrocarril Internacional Mexicano. 

El Ferrocarril Internacional Mexicano en su paso por La Laguna *
Era una población de carácter agroindustrial. Algodón convertido en hilados y tejidos; su semilla, que exprimida brindaba el aceite que servía para fabricar jabones, y con cuyos residuos se alimentaba al ganado. 
Para 1910, apenas con 14 años de villa y 3 de ciudad, esta pujante población llamada Torreón contaba con un ferrocarril eléctrico, el tercero del país; dos fábricas de hilados y tejidos de algodón, una era “La Fe” con 500 operarios y un millón de pesos de la época, de capital, y la otra, “La Constancia”, con 300 operarios y un capital de cuatrocientos ochenta mil pesos. 
La joven población contaba también con una fábrica de aceites de algodón y de jabones denominada “La Unión” con 200 operarios y un capital de un millón de pesos. Había asimismo una fábrica de artefactos de ixtle, cuya razón social era “La Laguna”, con 100 operarios y un capital de doscientos mil pesos. 
Torreón contaba también con una fábrica de cerveza, que laboraba con 31 operarios y un capital de ciento cincuenta mil pesos. Existía también una fábrica de excelentes ladrillos, muchos de los cuales aún adornan las viejas construcciones citadinas de la época. Esta fábrica operaba con 150 empleados, y contaba con un capital de cien mil pesos. 
En cuestiones de metalurgia, Torreón contaba con una fundición de hierro, con 45 obreros y sesenta mil pesos de capital. En este mismo rubro entra la “Compañía Metalúrgica de Torreón”, con un capital de dos millones y medio de pesos. 
Otras fuentes de empleo eran: la fábrica de cerillos, con 69 obreros y un capital de veinte mil pesos; una fábrica de muebles que laboraba con 18 obreros y un capital de diez mil pesos; una fábrica de artefactos de madera, de 15 operarios y diez mil pesos de capital; una fábrica de bebidas gaseosas, de 20 operarios y diez mil pesos de capital. 
Recordemos que hablamos de Torreón con algunas de las factorías con que contaba en 1910. Sus capitales sumaban unos seis millones de pesos, y los obreros superaban por mucho los 1,500. 
Entre los muchos empleados de la Metalúrgica en 1906 contamos a Adolfo Barrera, contador; N.G. Bresthorton, químico; C.W. Cain, ayudante de maestro mecánico; José Elizondo, agente general; H.F. Goodjohn, ensayador; Ernesto Harmes, ingeniero superintendente, W.F. Holliday, maestro de albañiles; Martin Karg, fundidor; Ángel Lines, fundidor; Ernesto Madero, presidente de la compañía; J.H. Madam, ingeniero; C.H. Martín, maestro mecánico; Hugh Mc Callick, jefe de hornos; J. Pepper, fundidor; J. Whitehead, ensayador. 
Hortalizas chinas
Había tal generación de riqueza agroindustrial en la villa, luego ciudad de Torreón, que incluso llegó a tener nombre chino, y era este un nombre emblemático: TSAI YÜAN, “Jardín de las Verduras” por la horticultura, en la que tanto destacaron los numerosos torreonenses de origen chino. 


* Fotografía del Ferrocarril Internacional Mexicano en la Estación Mayrán, del blog del Dr. Samuel Banda. 


viernes, julio 08, 2016

Aguas y haciendas en San Lorenzo de La Laguna



El "Charco de Texas" Mapa colección Orozco y Berra, 844-25


En diciembre de 1786, fecha en que el padre Dionisio Gutiérrez, cura titular de toda La Laguna de Coahuila, con sede en Parras y viceparroquia en Álamo de Parras (Viesca) escribía su carta-informe al obispo de Durango, los marqueses de San Miguel de Aguayo contaban con tres haciendas de ovejas en la gran Hacienda de San Lorenzo de La Laguna: San José, San Juan y San Antonio.

Pero el padre Dionisio nos aclara que estas haciendas no se encontraban fijas en ciertos lugares, sino que se tenían que desplazar según cambiara el curso de las aguas del Nazas. 

Dice:

“Cuando yo entré de Cura, tenían su semestre establecimiento [medio año] en el Paraje que llaman la Sauceda; faltaron de ahí las aguas y se estableció San Juan en el Charco de Texas, y San Antonio en el antiguo San Lorenzo; faltaron las aguas de estos parajes, y este año se han establecido las tres haciendas más allá, cerca del desaguadero de Calabazas, porque se han cargado las aguas del río de Nazas a Tlahualilo, paraje situado hacia lo más interior del Bolsón para el Norte. 

Las familias de los sirvientes en estos ganados viven la temporada en jacales, porque no siendo estables las aguas no pueden hacerse edificados, y así éstas como los sirvientes se custodian por escoltas de soldados que costea el señor marqués de San Miguel de Aguayo, con cuyo auxilio y la comodidad que ofrecen los espesos bosques para esconderse los pobres pastores, se defienden en lo que se puede de los Bárbaros”.

Puesto que el padre Dionisio Gutiérrez inició su ministerio como párroco de Parras en 1764, el dato que arriba señala significa que las ovejas de los marqueses pasaban el invierno y primavera en La Sauceda. Esta región abarcaba una amplia zona que tenía su vértice sureste en el cerro “del Baicuco” (La Cuchilla) y se extendía hacia el noroeste, bordeaba la Laguna de Mayrán cerca de donde actualmente se encuentra la ciudad de San Pedro, Coahuila. 

El padre Gutiérrez continúa la narración, y dice que llegaron a faltar las aguas del río Nazas en La Sauceda, y se estableció la Hacienda de San Juan en el Charco de Texas (cerca de Matamoros, al oriente), y la Hacienda de San Antonio en el Antiguo San Lorenzo, al poniente de La Sauceda. El padre Gutiérrez describe en realidad un cambio gradual del curso del río Nazas, que dejó de correr al oriente a formar la Laguna de Mayrán para dirigirse hacia el norte, a formar la Laguna de Tlahualilo.

Por esta razón, explica, “este año” (y se refiere a 1786, ya que su carta informe lleva fecha del 31 de diciembre de dicho año) las Haciendas ovejeras de San Juan, San José y San Antonio tuvieron que desplazarse nuevamente hacia el poniente, cerca de la desembocadura del río Nazas y cerca también de la Boca de Calabazas (seguramente en lo que ahora es el municipio de Torreón). 

La razón la menciona claramente el padre Gutiérrez: “Porque se han cargado las aguas del río de Nazas a Tlahualilo, paraje situado hacia lo más interior del Bolsón para el Norte”.


El Nazas en 1781, desemboca en la Laguna de Tlahualilo, y no en la de Mayrán
Mapa del Ing. Lafora, elaborado en 1771

Continúa diciendo el padre Gutiérrez “Y de cinco años a esta parte [es decir, desde 1781] no entra una gota de agua del río Nazas a los contornos de Texas, que todo se ha cargado para el norte de Tlahualilo, como queda dicho”.


lunes, julio 04, 2016

Hipótesis y certeza histórica






Aunque el término «hipótesis» suena un tanto académico y remoto, la formulación de hipótesis es algo extremadamente cotidiano para todos nosotros, aunque no nos demos cuenta. 

Cuando pensamos: «Si le sonrío a aquella chica, se va a sonreír conmigo», estamos formulando una hipótesis predictiva, no explicativa: “si yo hago esto, va a suceder aquello”. 

Si efectivamente le sonreímos a la chica y ésta se voltea hacia otro lado con desdén, habremos comprobado que nuestra hipótesis predictiva no era correcta. Y procedemos a formular otra hipótesis, en este caso, explicativa: «Seguramente esa chica es una creída». 

De esta manera, nuestra vida transcurre llena de hipótesis, a veces mucho más trascendentales que la de cualquier investigación académica, como la del chofer del camión urbano que dice «seguro que alcanzo a atravesar la vía antes de que llegue el tren», o «esta es una simple verruga, no debe ser cancerosa».

En esencia, las hipótesis son meras afirmaciones tentativas, es decir, afirmaciones que elaboramos con base en nuestra experiencia propia, pero que deben ser comprobadas. El chofer podrá comprobar, a través de los acontecimientos, si su hipótesis era correcta, y el individuo sabrá finalmente si su verruga era o no maligna dependiendo de la presencia o ausencia de molestias y de los análisis clínicos, si llegan a ser necesarios.

Por lo general, nuestra vida transcurre entre pequeñas hipótesis cotidianas. Es nuestra manera natural de avanzar  hacia el conocimiento, de explicarnos los acontecimientos de nuestra vida y del mundo, día tras día. 

De manera semejante, en la investigación histórica la hipótesis es una afirmación apriorística que guía y le da dirección a nuestro estudio documental. Las hipótesis suelen surgir como ideas que se nos ocurren cuando revisamos los documentos del pasado: «Se me figura que pasaba esto…»,«tengo la intuición de que así funcionaban las cosas». 

Si leo el 10% de los libros de defunciones, y por lo leído afirmo que «los niños que morían en Parras en el siglo XVIII solían morir de enfermedades gastrointestinales antes de cumplir tres años de edad», habré formulado una hipótesis que tendré que comprobar o rechazar y matizar a través del estudio del 100% de los documentos que constituyen mi corpus, y no a base de charlas de café.

La ciencia avanza comprobando la veracidad o falsedad de pequeñas afirmaciones o negaciones, las cuales constituyen sólidos ladrillos para la construcción de un conocimiento más amplio. Cuando a mi estudio se le sumen las investigaciones de mortalidad infantil en el siglo XVIII en Mapimí, San Juan de Casta y Viesca, entonces las comparaciones permitirán afirmaciones mucho más amplias.

Y sumadas estas conclusiones a otras del mismo tipo y época, tendremos una imagen de cuerpo entero sobre el fenómeno de la mortalidad infantil en la Nueva España del siglo XVIII.

Por último, diremos que la ciencia histórica se interesa tanto en la comprobación como en la refutación de las hipótesis, porque ambas conclusiones generan conocimiento. Tendremos certezas de lo que fue, pero también de lo que no fue.


jueves, junio 30, 2016

El surgimiento de El País de La Laguna



Mapa de La Laguna elaborado durante el 2o Imperio. 
Colección Orozco y Berra, 3161-25



Desde 1594, los jesuitas comenzaron a explorar y a trabajar en lo que habrían de ser sus misiones de la Nueva Vizcaya: Sinaloa, Topia, Tepehuanes y lo que en 1594 el rey Felipe II —en cuyo imperio nunca se ponía el sol— llamó “La Provincia de La Laguna”. 

Tanto el General de la Compañía de Jesús, Claudio Acquaviva (1581-1615) como el Virrey de Nueva España, Luis de Velasco y el obispo de Guadalajara, Fray Domingo de Alzola, O.P. se encontraban profundamente interesados en la aculturación de los indios de esas regiones. 

Se trataba de hacerle la guerra a la barbarie, no a los bárbaros. Para ello contarían con el apoyo de indios tlaxcaltecas que harían el doble papel de agentes de cambio, enseñando a los aborígenes laguneros a cultivar la tierra, y también de refuerzos milicianos para apoyar a los colonizadores europeos en su lucha contra los ataques de apaches enemigos. 

En la Provincia de La Laguna, Santa María de las Parras, la primera reducción jesuita (concentración de aborígenes en un solo poblado) se estableció formalmente en 1598, once años antes que la primera misión de Paraguay. El territorio de misiones jesuitas fue dotado legalmente de jurisdicción política ese mismo año, quedando establecida por la corona la Alcaldía Mayor de Parras, Laguna y Río de las Nazas, tres municipios que tenían sendas cabeceras en los pueblos de indios de Parras, San Pedro de La Laguna, y San Juan de Casta. Esto nos permite entender que el territorio de las misiones jesuitas, la Alcaldía Mayor y el llamado País de La Laguna, eran la misma cosa.

Posteriormente, en 1608, la Corona apoyó la creación de una colegio que con el tiempo fue llamado “Colegio de San Ignacio” o “Colegio de la Compañía de Jesús” en Parras, que vino a ser el primer establecimiento educativo que existió en lo que actualmente conocemos como Comarca Lagunera. No es nada raro, ya que prácticamente desde que comenzó a existir, la Compañía de Jesús consideró la educación como un terreno privilegiado para el cumplimiento de su misión. 

La vocación magisterial de los jesuitas abarcaba no solamente la educación formal o institucional, sino que comprendía la activa enseñanza de la manera de ser y de pensarse como occidental (cultura, mentalidad). Y aunque los indios aborígenes de la comarca (genéricamente conocidos como “indios laguneros”) eran el objeto primordial de sus esfuerzos misioneros, la presencia jesuita también impactó a la población no aborigen, como fueron los españoles e indios mesoamericanos de Parras y La Laguna, particularmente a los tlaxcaltecas.

A finales del siglo XVI, apenas terminada la cruenta Guerra Chichimeca, la Corona, el obispado de Guadalajara (en la Nueva Galicia) y los jesuitas novohispanos ponían su mirada en el norte, y particularmente en el relativamente recién configurado Reino de la Nueva Vizcaya. Lo que este reino, gobernación o provincia abarcaría en la actualidad serían los estados de Durango, sur de Coahuila, Chihuahua, Sonora y Sinaloa. La Nueva Vizcaya era la “puerta” del virreinato, justo al norte de las riquísimas minas de Zacatecas y Mazapil. 

Este reino estaba habitado por innumerables indígenas nómadas o seminómadas que requerían de la obra civilizadora de los misioneros. Las misiones, con sus labores de reducción y enseñanza religiosa y secular, con el apoyo de las familias tlaxcaltecas que llegaron a Saltillo en 1591 y pasaron a Parras en 1598, los incorporaría poco a poco a la cultura occidental.

Como mencionamos arriba, en 1594, Felipe II permitió a los jesuitas establecer misiones en dicho reino, en los términos siguientes: “Mis Presidente y Jueces oficiales de la casa de la contratación de Sevilla: por esta mi cédula, he dado licencia a Pedro de Morales, de la Compañía de Jesús, para pasar a las Provincias de Topia, Sinaloa y La Laguna, que son en la Nueva España, y llevar diez y ocho religiosos de la dicha Compañía” 

Finalmente, en el año de 1598, la Compañía de Jesús dio formal principio a la tarea de occidentalizar a los indígenas de la región, al comenzar los trabajos de reducción de los indios que habitaban la “Provincia de La Laguna” o Comarca Lagunera. Uno de los objetivos de la llamada “reducción” sería que los indios nómadas fueran “reducidos” o “concentrados” en pueblos y que no vivieran divididos y separados por sierras y montes. 

El término “reducción” era usado pues, con el sentido de contractio, es decir, contracción de los espacios demográficos, la concentración de la población de una comarca o región en pequeños espacios urbanos o pueblos, con el objeto de que no viviera dispersa. 

Una vez concentrados en espacios urbanos nuevos, los indios podrían ser instruidos en la agricultura y ganadería, en la fe católica y en el sistema de gobierno municipal español. Así olvidarían sus viejas creencias y ritos (conversio) a la vez que aprendían a vivir “en concierto y policía”, es decir, en comunidad y en armonía, ocupados de los asuntos de la “polis”. Dejarían de ser enemigos de la corona española para convertirse en fieles súbditos civilizados, es decir, con cultura de ciudad, sedentarios, y no con la vieja cultura de cazadores y recolectores seminómadas.

Al padre Juan Agustín de Espinoza, S.J. se le considera el introductor del cristianismo y del culto católico, el fundador espiritual de la Comarca Lagunera (entonces descrita como la Alcaldia Mayor de Parras, Laguna y Río de las Nazas, es decir, de los municipios de Parras, San Pedro de La Laguna y San Juan de Casta, en cuya jurisdicción estaba Mapimí) así como fundador del primer colegio lagunero (San Ignacio) y primer superior de la Casa de los jesuitas en Parras. 

Se le describe como misionero incansable. Mártir (testigo) de Cristo hasta el desprecio de su propia vida por el servicio del Evangelio. Efectivamente, murió joven (34 años) en el cumplimiento de su ministerio. Su tumba se encuentra bajo el altar mayor del Colegio de los jesuitas en Parras. Sin duda practicó las virtudes cristianas en grado heroico, hasta sellar su testimonio con la muerte.

A la vista de las parras silvestres, los europeos introdujeron la vitis vinífera, la especie europea de la vid, para la producción de vinos y aguardientes puros de uva. En esta región, la tenencia de viñedos estaba permitida, y la producción, exenta de impuestos. Tan solo el pueblo de Santa María de las Parras producía el 75% de los vinos de la región, y el restante 25% lo compartían las haciendas de los marqueses de Aguayo y las bodegas de San Lorenzo. Fue tan exitosa la producción, que el mercado de estos vinos y aguardientes abarcaba desde Texas hasta el Istmo de Tehuantepec, y según algunos historiadores, hasta Filipinas.

La designación de “País de La Laguna” a la actual Comarca Lagunera  la hace constar (entre otros) el padre Dionisio Gutiérrez del Río, cura párroco de Parras y sus jurisdicciones en su “Carta Informe del cura de Santa María de las Parras, José Dionisio Gutiérrez, al obispo de Durango, Esteban Lorenzo de Tristán, con descripción y noticias de los pueblos y parajes de la jurisdicción de Parras”, carta firmada de su puño y letra el 31 de diciembre de 1786, conocida también como “la pequeña historia (historeta) de La laguna”. 

Esta carta tenía por objeto dar respuesta a una serie de preguntas que en relación a las misiones, número de misioneros, distancias y lugares solicitaba Carlos III por su Real Orden de 16 de mayo de 1786. En el texto de esta carta menciona el padre Gutiérrez que “La vulgaridad y relación que aquí me hicieron los Jesuitas en el tiempo que los alcanzé, daba por asentado que el motivo de haberse despoblado el País de la Laguna, o Bolsón, de los innumerables Yndios que lo habitaban, alzándose y remontándose para lo interior de dicho Bolsón hacia el Norte, había sido la inmatura entrega de sus Misiones y establecimiento de Doctrineros Seculares”. 

Aquí debemos notar dos cosas: el padre Dionisio usa el término “país” en el sentido que tenía en su tiempo, es decir, como equivalente de “región” o “comarca” y no como “nación soberana”. Por otra parte, equipara los términos “País de La Laguna” con el de “bolsón”, vocablo que en el siglo XVIII, significaba “cuenca hidrológica”. Así que ambos términos se refieren en realidad a la región conformada por la laguna o lagunas y la cuenca de los ríos que las alimentaban, el Nazas y el Buenaval (Aguanaval). En otras palabras, nuestra actual Comarca Lagunera, que se corresponde con la vieja “Provincia de La Laguna” o la “Alcaldía Mayor de Parras, Laguna y Río de las Nazas”. Todos estos términos se refieren al mismo territorio.

Por último, mencionamos el testimonio recogido por Eduardo Guerra en su Historia de La Laguna (tercera edición, febrero de 1996, p. 374) en el informe de D.B. Robinson, superintendente general del Ferrocarril Central Mexicano, de fecha del 6 de enero de 1883. 

En él cita las notas del ingeniero Morley (autor del trazo de la vía) que al hablar de Villa Lerdo y su riqueza agrícola, dice a la letra: “encontrándose colocada en lo que se conoce con el nombre del País de Las Lagunas, con motivo de encontrarse agua en abundancia”. El ingeniero Morley da testimonio de que era público y notorio que a la región se le conociera y llamara de esa manera todavía en 1883.


viernes, junio 17, 2016

El reto de historiar



Nótese cómo Bernal Díaz recalca su historia como "verdadera" en contraposición a las falsas historias que pululaban durante los primeros cincuenta años de la Nueva España


Historiar no es simplemente ponerse a escribir. Es necesario tomar en cuenta varios aspectos fundamentales antes de asir la pluma, ya que, en realidad, escribir sería la última parte del proceso. Primero que nada, hay que hacerse una serie de preguntas y responderla con la mayor honestidad, ya que tanto las motivaciones como el lugar intelectual en el que uno se sitúa son fundamentales para el éxito o fracaso de la tarea que se intenta emprender. 

¿Por qué quiero escribir? ¿Qué es lo que busco con ello? ¿Cuánto estoy dispuesto a sacrificar en aras de mi interés? Efectivamente, la respuesta honesta a estas preguntas determinará lo que haremos y cómo lo haremos. Pensar en la escritura de un texto de historia solamente “para brillar en sociedad” denota muy poco respeto por esta disciplina, a la vez que una gran ignorancia sobre su naturaleza y sus métodos. 

Para otros, la redacción de textos históricos estará motivada por intereses ideológicos, de partido o de grupo de pertenencia. Para estos escritores, hacer que los demás piensen como ellos es más importante que la verdad misma. Es decir, en este caso la historia queda reducida a mero instrumento literario con fines ideológicos o propagandísticos. 

Hay otras personas con una gran inquietud por conocer los hechos del pasado con verdad, y por divulgar sus propios hallazgos. Les caracteriza la curiosidad, el deseo de saber cómo fueron realmente las cosas. Muchas de estas personas estarían más que dispuestas a dar una parte significativa de su tiempo vital para adquirir las herramientas intelectuales y metodológicas que les permitan satisfacer su inquietud. Están dispuestas a pagar el precio, están dispuestas a crecer intelectualmente. 

Para comenzar, no toda la historia que se escribe atañe al ser humano. Los cambios climáticos, geológicos, biológicos (animales y vegetales), hidrológicos, etcétera, constituyen la materia prima para la Historia Natural, es decir, la relación o narración de los cambios que ha sufrido la naturaleza. Algunos cambios se dieron antes que otros. Con el fin de determinar, mantener y expresar el orden y sucesión con que dichos cambios se dieron, se redactan las «cronologías». 

Una cronología es una armazón intelectual, básica para la interpretación y expresión de los hechos consignados. Nos permite correlacionar los eventos (cambios) con las fechas y lugares. Solamente esta información nos permitiría escribir una historia de los dinosaurios: dónde y cuándo aparecieron, qué cambios experimentaron (dónde y cuándo), cuáles fueron los últimos (dónde, cuándo). 

Por otra parte, los fenómenos políticos, sociales, económicos, culturales, todos ellos son hechos del pasado humano que pueden ser narrados como una serie de cambios engarzados en la línea del tiempo, bajo la misma premisa: ¿qué?, ¿cuándo?, ¿dónde? Hay otros cambios más sutiles, más cotidianos, que igualmente pueden ser estudiados y narrados: la historia de la invención y de la adopción de los cubiertos de mesa, la historia de la ropa, la historia del cultivo del algodón. Porque a final de cuentas, todo lo que cambia puede ser historiado. 

lunes, junio 13, 2016

Homofobia




Tragedia en Orlando. Foto Xin Hua.


Hace una semana que las elecciones estatales cambiaron la configuración política de México. El partido blanquiazul ganó más gubernaturas que el tricolor. Efectivamente, detrás de los hechos se encuentra el "mal humor" de una sociedad agraviada y harta de violencia, de corrupción, de impunidad, de pobreza creciente, de gobiernos que solamente cuidan de sus propios intereses, desligados por completo de los de la ciudadanía. Esta sociedad agraviada emitió un voto de castigo por las razones mencionadas: esos votos se los otorgó al partido Acción Nacional.

En lo personal,  me alegra que funcione un proceso democrático como el de hace una semana. La ciudadanía tiene todo el derecho a hacer valer su opinión a través del voto. Pero a la vez me parece oportunismo político que los ganadores blanquiazules declaren que ganaron las votaciones en esos estados de la república a causa del repudio de la ciudadanía al proyecto de ley del presidente Peña Nieto, que busca legalizar, a nivel nacional, el matrimonio entre ciudadanos del mismo sexo. 

Visto así, pareciera que el triunfo panista fuera de carácter ideológico y moral, como si los ciudadanos que votaron estuvieran más molestos y de más "mal humor" por el proyecto de ley del presidente, que por los agravios del mal gobierno. En realidad, la ley propuesta por Peña Nieto solamente daría cumplimiento cabal en todo el país a lo decidido por la Suprema Corte de Justicia de la Nación del 12 de junio de 2015, que establece que todos los jueces del país deben aceptar este tipo de matrimonio.

En algunos estados ya se encuentra incorporado a sus leyes, en otros no. Pero el criterio final fue establecido por la jurisprudencia de la Suprema Corte. Y esto lo saben los triunfadores panistas de dichos estados, que al hacer tales declaraciones, solo buscan "llevar agua a su molino", es decir, a su agenda política.

El Estado Mexicano no puede ni debe ser un rehén, manipulado por las iglesias, sean de la denominación que sean, mayoritarias o minoritarias. El ámbito de lo religioso no es el ámbito de lo civil. Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. Si esta clase de unión ofende el credo de las diversas iglesias,  entonces cada iglesia debe advertir a sus fieles que en su seno no se toleran ese tipo de uniones. Pero no pueden pretender que el Estado asuma y haga obligatorios como ley sus particulares puntos de vista. 

No demos interpretaciones que no vienen al caso. Lo que realmente les dio el triunfo a los panistas en esos estados, fue el voto de castigo, el rechazo a todos los agravios que ha venido padeciendo la ciudadanía, y que fueron la verdadera razón para dar el voto al PAN. Por otra parte, asumir agendas homofóbicas como política de partido, solamente puede llevar a desastres como los de Orlando, en Florida.







viernes, junio 10, 2016

Nuevo libro de la Ibero Torreón







La Universidad Iberoamericana Torreón, a través del Centro de Investigaciones Históricas y con el apoyo del Centro de Difusión Editorial, ha editado un nuevo libro que lleva por nombre “El Rancho de La Concepción. Trashumancia laboral: factor del proceso de formación de una identidad regional lagunera, siglos XVIII y XIX”, de mi autoría. 

Desde luego, este libro es el resultado de un proyecto de investigación en torno a uno de los factores que intervinieron en el surgimiento de un fenómeno social: la formación de una identidad lagunera durante los siglos XVIII y XIX. La pregunta inicial que buscaba responder esta investigación era la siguiente: ¿realmente existía una identidad regional, es decir, rasgos de mentalidad socialmente compartidos en la percepción de la realidad y en la expresión de los mismos a través de la acción cotidiana (rasgos culturales) que distinguían a los laguneros de los habitantes de otras regiones? ¿Eran conscientes de esa singularidad diferenciadora? 

La respuesta a esta pregunta, basada en fuentes primarias de los siglos estudiados y en el testimonio de movimientos sociales cuyo propósito aparente era el de crear en La Laguna una nueva entidad federativa, es positiva. Efectivamente, sí existió, como aún existe, dicha identidad, aunque no necesariamente de la misma manera. 

Otra pregunta que se planteaba la investigación, ahora transformada en libro, era esta: ¿cuáles pudieron ser los factores forjadores de una identidad regional en el País de La Laguna?  El libro menciona una serie de factores concomitantes, pero se interesa de manera particular en uno de ellos: la “trashumancia laboral” en los siglos XVIII y XIX. 

La Real Academia define el verbo trashumar como “cambiar periódicamente de lugar” (del Lat. trans, tras, humus [tierra]), en este caso, en las haciendas y ranchos de los marqueses de Aguayo (sobre todo en La Laguna de Coahuila) sumados a las de los condes de San Pedro del Álamo (en La Laguna de Durango), los cuales generaron una vasta oferta de trabajo para jornaleros regionales que se mudaban a los ranchos donde se requerían sus servicios. 

Los marqueses y los condes mencionados se unieron por matrimonio a principios del siglo XVIII, y sus propiedades laguneras constituyeron una fuente de trabajo de carácter agropecuario para estos jornaleros, según los tiempos y las necesidades de cada rancho y hacienda. De esta manera, se fue creando una consciencia colectiva de pertenencia a un ámbito y a una economía laguneras, y el trabajo duro se fue convirtiendo en un valor social.

Para la realización de este estudio se tomó el padrón de 1848 del Rancho de La Concepción. Se transcribió íntegramente, a la vez que se realizó una investigación genealógica por cada familia. Es notable comprobar cómo los hijos de los mismos padres nacían en diferentes lugares de la Comarca. 

El libro incluye historias de caso que son muy ilustrativas. Por otra parte, los habitantes del Rancho de la Concepción, lugar que aparece en uno de los mapas de Humboldt de 1804, se convirtieron en las familias torreonenses más antiguas del municipio y de la ciudad. Eduardo Guerra menciona en su “Historia de Torreón” que para la construcción del primer torreón en 1850, Zuloaga empleó peones de La Concepción. Y en 1893, al crearse la villa y municipio de Torreón, estas familias quedaron dentro de su jurisdicción.