Escudo de Torreón

Escudo de Torreón

jueves, junio 30, 2016

El surgimiento de El País de La Laguna



Mapa de La Laguna elaborado durante el 2o Imperio. 
Colección Orozco y Berra, 3161-25



Desde 1594, los jesuitas comenzaron a explorar y a trabajar en lo que habrían de ser sus misiones de la Nueva Vizcaya: Sinaloa, Topia, Tepehuanes y lo que en 1594 el rey Felipe II —en cuyo imperio nunca se ponía el sol— llamó “La Provincia de La Laguna”. 

Tanto el General de la Compañía de Jesús, Claudio Acquaviva (1581-1615) como el Virrey de Nueva España, Luis de Velasco y el obispo de Guadalajara, Fray Domingo de Alzola, O.P. se encontraban profundamente interesados en la aculturación de los indios de esas regiones. 

Se trataba de hacerle la guerra a la barbarie, no a los bárbaros. Para ello contarían con el apoyo de indios tlaxcaltecas que harían el doble papel de agentes de cambio, enseñando a los aborígenes laguneros a cultivar la tierra, y también de refuerzos milicianos para apoyar a los colonizadores europeos en su lucha contra los ataques de apaches enemigos. 

En la Provincia de La Laguna, Santa María de las Parras, la primera reducción jesuita (concentración de aborígenes en un solo poblado) se estableció formalmente en 1598, once años antes que la primera misión de Paraguay. El territorio de misiones jesuitas fue dotado legalmente de jurisdicción política ese mismo año, quedando establecida por la corona la Alcaldía Mayor de Parras, Laguna y Río de las Nazas, tres municipios que tenían sendas cabeceras en los pueblos de indios de Parras, San Pedro de La Laguna, y San Juan de Casta. Esto nos permite entender que el territorio de las misiones jesuitas, la Alcaldía Mayor y el llamado País de La Laguna, eran la misma cosa.

Posteriormente, en 1608, la Corona apoyó la creación de una colegio que con el tiempo fue llamado “Colegio de San Ignacio” o “Colegio de la Compañía de Jesús” en Parras, que vino a ser el primer establecimiento educativo que existió en lo que actualmente conocemos como Comarca Lagunera. No es nada raro, ya que prácticamente desde que comenzó a existir, la Compañía de Jesús consideró la educación como un terreno privilegiado para el cumplimiento de su misión. 

La vocación magisterial de los jesuitas abarcaba no solamente la educación formal o institucional, sino que comprendía la activa enseñanza de la manera de ser y de pensarse como occidental (cultura, mentalidad). Y aunque los indios aborígenes de la comarca (genéricamente conocidos como “indios laguneros”) eran el objeto primordial de sus esfuerzos misioneros, la presencia jesuita también impactó a la población no aborigen, como fueron los españoles e indios mesoamericanos de Parras y La Laguna, particularmente a los tlaxcaltecas.

A finales del siglo XVI, apenas terminada la cruenta Guerra Chichimeca, la Corona, el obispado de Guadalajara (en la Nueva Galicia) y los jesuitas novohispanos ponían su mirada en el norte, y particularmente en el relativamente recién configurado Reino de la Nueva Vizcaya. Lo que este reino, gobernación o provincia abarcaría en la actualidad serían los estados de Durango, sur de Coahuila, Chihuahua, Sonora y Sinaloa. La Nueva Vizcaya era la “puerta” del virreinato, justo al norte de las riquísimas minas de Zacatecas y Mazapil. 

Este reino estaba habitado por innumerables indígenas nómadas o seminómadas que requerían de la obra civilizadora de los misioneros. Las misiones, con sus labores de reducción y enseñanza religiosa y secular, con el apoyo de las familias tlaxcaltecas que llegaron a Saltillo en 1591 y pasaron a Parras en 1598, los incorporaría poco a poco a la cultura occidental.

Como mencionamos arriba, en 1594, Felipe II permitió a los jesuitas establecer misiones en dicho reino, en los términos siguientes: “Mis Presidente y Jueces oficiales de la casa de la contratación de Sevilla: por esta mi cédula, he dado licencia a Pedro de Morales, de la Compañía de Jesús, para pasar a las Provincias de Topia, Sinaloa y La Laguna, que son en la Nueva España, y llevar diez y ocho religiosos de la dicha Compañía” 

Finalmente, en el año de 1598, la Compañía de Jesús dio formal principio a la tarea de occidentalizar a los indígenas de la región, al comenzar los trabajos de reducción de los indios que habitaban la “Provincia de La Laguna” o Comarca Lagunera. Uno de los objetivos de la llamada “reducción” sería que los indios nómadas fueran “reducidos” o “concentrados” en pueblos y que no vivieran divididos y separados por sierras y montes. 

El término “reducción” era usado pues, con el sentido de contractio, es decir, contracción de los espacios demográficos, la concentración de la población de una comarca o región en pequeños espacios urbanos o pueblos, con el objeto de que no viviera dispersa. 

Una vez concentrados en espacios urbanos nuevos, los indios podrían ser instruidos en la agricultura y ganadería, en la fe católica y en el sistema de gobierno municipal español. Así olvidarían sus viejas creencias y ritos (conversio) a la vez que aprendían a vivir “en concierto y policía”, es decir, en comunidad y en armonía, ocupados de los asuntos de la “polis”. Dejarían de ser enemigos de la corona española para convertirse en fieles súbditos civilizados, es decir, con cultura de ciudad, sedentarios, y no con la vieja cultura de cazadores y recolectores seminómadas.

Al padre Juan Agustín de Espinoza, S.J. se le considera el introductor del cristianismo y del culto católico, el fundador espiritual de la Comarca Lagunera (entonces descrita como la Alcaldia Mayor de Parras, Laguna y Río de las Nazas, es decir, de los municipios de Parras, San Pedro de La Laguna y San Juan de Casta, en cuya jurisdicción estaba Mapimí) así como fundador del primer colegio lagunero (San Ignacio) y primer superior de la Casa de los jesuitas en Parras. 

Se le describe como misionero incansable. Mártir (testigo) de Cristo hasta el desprecio de su propia vida por el servicio del Evangelio. Efectivamente, murió joven (34 años) en el cumplimiento de su ministerio. Su tumba se encuentra bajo el altar mayor del Colegio de los jesuitas en Parras. Sin duda practicó las virtudes cristianas en grado heroico, hasta sellar su testimonio con la muerte.

A la vista de las parras silvestres, los europeos introdujeron la vitis vinífera, la especie europea de la vid, para la producción de vinos y aguardientes puros de uva. En esta región, la tenencia de viñedos estaba permitida, y la producción, exenta de impuestos. Tan solo el pueblo de Santa María de las Parras producía el 75% de los vinos de la región, y el restante 25% lo compartían las haciendas de los marqueses de Aguayo y las bodegas de San Lorenzo. Fue tan exitosa la producción, que el mercado de estos vinos y aguardientes abarcaba desde Texas hasta el Istmo de Tehuantepec, y según algunos historiadores, hasta Filipinas.

La designación de “País de La Laguna” a la actual Comarca Lagunera  la hace constar (entre otros) el padre Dionisio Gutiérrez del Río, cura párroco de Parras y sus jurisdicciones en su “Carta Informe del cura de Santa María de las Parras, José Dionisio Gutiérrez, al obispo de Durango, Esteban Lorenzo de Tristán, con descripción y noticias de los pueblos y parajes de la jurisdicción de Parras”, carta firmada de su puño y letra el 31 de diciembre de 1786, conocida también como “la pequeña historia (historeta) de La laguna”. 

Esta carta tenía por objeto dar respuesta a una serie de preguntas que en relación a las misiones, número de misioneros, distancias y lugares solicitaba Carlos III por su Real Orden de 16 de mayo de 1786. En el texto de esta carta menciona el padre Gutiérrez que “La vulgaridad y relación que aquí me hicieron los Jesuitas en el tiempo que los alcanzé, daba por asentado que el motivo de haberse despoblado el País de la Laguna, o Bolsón, de los innumerables Yndios que lo habitaban, alzándose y remontándose para lo interior de dicho Bolsón hacia el Norte, había sido la inmatura entrega de sus Misiones y establecimiento de Doctrineros Seculares”. 

Aquí debemos notar dos cosas: el padre Dionisio usa el término “país” en el sentido que tenía en su tiempo, es decir, como equivalente de “región” o “comarca” y no como “nación soberana”. Por otra parte, equipara los términos “País de La Laguna” con el de “bolsón”, vocablo que en el siglo XVIII, significaba “cuenca hidrológica”. Así que ambos términos se refieren en realidad a la región conformada por la laguna o lagunas y la cuenca de los ríos que las alimentaban, el Nazas y el Buenaval (Aguanaval). En otras palabras, nuestra actual Comarca Lagunera, que se corresponde con la vieja “Provincia de La Laguna” o la “Alcaldía Mayor de Parras, Laguna y Río de las Nazas”. Todos estos términos se refieren al mismo territorio.

Por último, mencionamos el testimonio recogido por Eduardo Guerra en su Historia de La Laguna (tercera edición, febrero de 1996, p. 374) en el informe de D.B. Robinson, superintendente general del Ferrocarril Central Mexicano, de fecha del 6 de enero de 1883. 

En él cita las notas del ingeniero Morley (autor del trazo de la vía) que al hablar de Villa Lerdo y su riqueza agrícola, dice a la letra: “encontrándose colocada en lo que se conoce con el nombre del País de Las Lagunas, con motivo de encontrarse agua en abundancia”. El ingeniero Morley da testimonio de que era público y notorio que a la región se le conociera y llamara de esa manera todavía en 1883.


viernes, junio 17, 2016

El reto de historiar



Nótese cómo Bernal Díaz recalca su historia como "verdadera" en contraposición a las falsas historias que pululaban durante los primeros cincuenta años de la Nueva España


Historiar no es simplemente ponerse a escribir. Es necesario tomar en cuenta varios aspectos fundamentales antes de asir la pluma, ya que, en realidad, escribir sería la última parte del proceso. Primero que nada, hay que hacerse una serie de preguntas y responderla con la mayor honestidad, ya que tanto las motivaciones como el lugar intelectual en el que uno se sitúa son fundamentales para el éxito o fracaso de la tarea que se intenta emprender. 

¿Por qué quiero escribir? ¿Qué es lo que busco con ello? ¿Cuánto estoy dispuesto a sacrificar en aras de mi interés? Efectivamente, la respuesta honesta a estas preguntas determinará lo que haremos y cómo lo haremos. Pensar en la escritura de un texto de historia solamente “para brillar en sociedad” denota muy poco respeto por esta disciplina, a la vez que una gran ignorancia sobre su naturaleza y sus métodos. 

Para otros, la redacción de textos históricos estará motivada por intereses ideológicos, de partido o de grupo de pertenencia. Para estos escritores, hacer que los demás piensen como ellos es más importante que la verdad misma. Es decir, en este caso la historia queda reducida a mero instrumento literario con fines ideológicos o propagandísticos. 

Hay otras personas con una gran inquietud por conocer los hechos del pasado con verdad, y por divulgar sus propios hallazgos. Les caracteriza la curiosidad, el deseo de saber cómo fueron realmente las cosas. Muchas de estas personas estarían más que dispuestas a dar una parte significativa de su tiempo vital para adquirir las herramientas intelectuales y metodológicas que les permitan satisfacer su inquietud. Están dispuestas a pagar el precio, están dispuestas a crecer intelectualmente. 

Para comenzar, no toda la historia que se escribe atañe al ser humano. Los cambios climáticos, geológicos, biológicos (animales y vegetales), hidrológicos, etcétera, constituyen la materia prima para la Historia Natural, es decir, la relación o narración de los cambios que ha sufrido la naturaleza. Algunos cambios se dieron antes que otros. Con el fin de determinar, mantener y expresar el orden y sucesión con que dichos cambios se dieron, se redactan las «cronologías». 

Una cronología es una armazón intelectual, básica para la interpretación y expresión de los hechos consignados. Nos permite correlacionar los eventos (cambios) con las fechas y lugares. Solamente esta información nos permitiría escribir una historia de los dinosaurios: dónde y cuándo aparecieron, qué cambios experimentaron (dónde y cuándo), cuáles fueron los últimos (dónde, cuándo). 

Por otra parte, los fenómenos políticos, sociales, económicos, culturales, todos ellos son hechos del pasado humano que pueden ser narrados como una serie de cambios engarzados en la línea del tiempo, bajo la misma premisa: ¿qué?, ¿cuándo?, ¿dónde? Hay otros cambios más sutiles, más cotidianos, que igualmente pueden ser estudiados y narrados: la historia de la invención y de la adopción de los cubiertos de mesa, la historia de la ropa, la historia del cultivo del algodón. Porque a final de cuentas, todo lo que cambia puede ser historiado. 

lunes, junio 13, 2016

Homofobia




Tragedia en Orlando. Foto Xin Hua.


Hace una semana que las elecciones estatales cambiaron la configuración política de México. El partido blanquiazul ganó más gubernaturas que el tricolor. Efectivamente, detrás de los hechos se encuentra el "mal humor" de una sociedad agraviada y harta de violencia, de corrupción, de impunidad, de pobreza creciente, de gobiernos que solamente cuidan de sus propios intereses, desligados por completo de los de la ciudadanía. Esta sociedad agraviada emitió un voto de castigo por las razones mencionadas: esos votos se los otorgó al partido Acción Nacional.

En lo personal,  me alegra que funcione un proceso democrático como el de hace una semana. La ciudadanía tiene todo el derecho a hacer valer su opinión a través del voto. Pero a la vez me parece oportunismo político que los ganadores blanquiazules declaren que ganaron las votaciones en esos estados de la república a causa del repudio de la ciudadanía al proyecto de ley del presidente Peña Nieto, que busca legalizar, a nivel nacional, el matrimonio entre ciudadanos del mismo sexo. 

Visto así, pareciera que el triunfo panista fuera de carácter ideológico y moral, como si los ciudadanos que votaron estuvieran más molestos y de más "mal humor" por el proyecto de ley del presidente, que por los agravios del mal gobierno. En realidad, la ley propuesta por Peña Nieto solamente daría cumplimiento cabal en todo el país a lo decidido por la Suprema Corte de Justicia de la Nación del 12 de junio de 2015, que establece que todos los jueces del país deben aceptar este tipo de matrimonio.

En algunos estados ya se encuentra incorporado a sus leyes, en otros no. Pero el criterio final fue establecido por la jurisprudencia de la Suprema Corte. Y esto lo saben los triunfadores panistas de dichos estados, que al hacer tales declaraciones, solo buscan "llevar agua a su molino", es decir, a su agenda política.

El Estado Mexicano no puede ni debe ser un rehén, manipulado por las iglesias, sean de la denominación que sean, mayoritarias o minoritarias. El ámbito de lo religioso no es el ámbito de lo civil. Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. Si esta clase de unión ofende el credo de las diversas iglesias,  entonces cada iglesia debe advertir a sus fieles que en su seno no se toleran ese tipo de uniones. Pero no pueden pretender que el Estado asuma y haga obligatorios como ley sus particulares puntos de vista. 

No demos interpretaciones que no vienen al caso. Lo que realmente les dio el triunfo a los panistas en esos estados, fue el voto de castigo, el rechazo a todos los agravios que ha venido padeciendo la ciudadanía, y que fueron la verdadera razón para dar el voto al PAN. Por otra parte, asumir agendas homofóbicas como política de partido, solamente puede llevar a desastres como los de Orlando, en Florida.







viernes, junio 10, 2016

Nuevo libro de la Ibero Torreón







La Universidad Iberoamericana Torreón, a través del Centro de Investigaciones Históricas y con el apoyo del Centro de Difusión Editorial, ha editado un nuevo libro que lleva por nombre “El Rancho de La Concepción. Trashumancia laboral: factor del proceso de formación de una identidad regional lagunera, siglos XVIII y XIX”, de mi autoría. 

Desde luego, este libro es el resultado de un proyecto de investigación en torno a uno de los factores que intervinieron en el surgimiento de un fenómeno social: la formación de una identidad lagunera durante los siglos XVIII y XIX. La pregunta inicial que buscaba responder esta investigación era la siguiente: ¿realmente existía una identidad regional, es decir, rasgos de mentalidad socialmente compartidos en la percepción de la realidad y en la expresión de los mismos a través de la acción cotidiana (rasgos culturales) que distinguían a los laguneros de los habitantes de otras regiones? ¿Eran conscientes de esa singularidad diferenciadora? 

La respuesta a esta pregunta, basada en fuentes primarias de los siglos estudiados y en el testimonio de movimientos sociales cuyo propósito aparente era el de crear en La Laguna una nueva entidad federativa, es positiva. Efectivamente, sí existió, como aún existe, dicha identidad, aunque no necesariamente de la misma manera. 

Otra pregunta que se planteaba la investigación, ahora transformada en libro, era esta: ¿cuáles pudieron ser los factores forjadores de una identidad regional en el País de La Laguna?  El libro menciona una serie de factores concomitantes, pero se interesa de manera particular en uno de ellos: la “trashumancia laboral” en los siglos XVIII y XIX. 

La Real Academia define el verbo trashumar como “cambiar periódicamente de lugar” (del Lat. trans, tras, humus [tierra]), en este caso, en las haciendas y ranchos de los marqueses de Aguayo (sobre todo en La Laguna de Coahuila) sumados a las de los condes de San Pedro del Álamo (en La Laguna de Durango), los cuales generaron una vasta oferta de trabajo para jornaleros regionales que se mudaban a los ranchos donde se requerían sus servicios. 

Los marqueses y los condes mencionados se unieron por matrimonio a principios del siglo XVIII, y sus propiedades laguneras constituyeron una fuente de trabajo de carácter agropecuario para estos jornaleros, según los tiempos y las necesidades de cada rancho y hacienda. De esta manera, se fue creando una consciencia colectiva de pertenencia a un ámbito y a una economía laguneras, y el trabajo duro se fue convirtiendo en un valor social.

Para la realización de este estudio se tomó el padrón de 1848 del Rancho de La Concepción. Se transcribió íntegramente, a la vez que se realizó una investigación genealógica por cada familia. Es notable comprobar cómo los hijos de los mismos padres nacían en diferentes lugares de la Comarca. 

El libro incluye historias de caso que son muy ilustrativas. Por otra parte, los habitantes del Rancho de la Concepción, lugar que aparece en uno de los mapas de Humboldt de 1804, se convirtieron en las familias torreonenses más antiguas del municipio y de la ciudad. Eduardo Guerra menciona en su “Historia de Torreón” que para la construcción del primer torreón en 1850, Zuloaga empleó peones de La Concepción. Y en 1893, al crearse la villa y municipio de Torreón, estas familias quedaron dentro de su jurisdicción.  


viernes, junio 03, 2016

Hamburguesas de Torreón



Hamburguesa de "El Pollo"


Según las varias fuentes consultadas, la hamburguesa, tal y como la conocemos actualmente, una pieza de carne de res molida y sazonada, frita o cocida a la plancha, acompañada de aderezo y verdura, todo colocado dentro de dos piezas de pan circular, surgió en los Estados Unidos entre la primera década del siglo XX y la gran depresión de 1929. Se trataría de un platillo de “comida rápida” satisfactoria y económica para el consumo popular durante una era de penuria.

El ferrocarril, ese puente cultural móvil del cual ya hemos escrito en otro artículo, permitió la difusión de innovaciones, entre ellas las gastronómicas, desde los Estados Unidos a La Laguna, siendo la hamburguesa una de esas innovaciones.

En Torreón, la hamburguesa comenzó “desde arriba”, es decir, solamente aparecía en los menús de los restaurantes establecidos. En 1935 encontramos las versiones de plancha y sin pan en el “Café Acrópolis” y en el “Café Apolo” que con el tiempo se convertiría en el celebérrimo “Apolo Palacio”. En 1939 ya se ofrecía con su guarnición de papas a la francesa en el restaurant “Princesa”, frente al Cinelena. 

Para 1946, la versión de la hamburguesa emparedada ya había surgido, pues la panadería “La Colmena” (de larga prosapia) ofrecía “molletes para hamburguesa”. Al año siguiente las anunciaban en el merendero “Meléndez” y en el “Tomeipague”. En 1955 se degustaban en “La Carreta”, en Juárez y calle 31. 

En esos mismos años se popularizaron las inolvidables hamburguesas de la “Nevería Estrella” con su guarnición de ensalada rusa. En los sesentas, la “super hamburguesa” se consumía en “La Rambla”. A principios de los setentas, en “Oly”, “Pollo Santos” y “Funny Chicken”. Desde los años cuarenta, los restaurantes fueron incluyendo la hamburguesa emparedada en sus menús. En 1973, el restaurant “Pronto” en Hidalgo 1220 poniente las ofrecía con servicio a domicilio. 

El consumo de hamburguesas se hizo tan popular que en esa época surgieron los establecimientos dedicados principalmente a la venta de estos platillos, como “Pit Burguer”, “Tío Sam”, “Bam-Bam” o el “Chicos Burguer”. Para 1977 era tan vasto el consumo que comenzó a venderse la hamburguesa al carbón en carritos y remolques (ahora les llamaríamos pequeños “food trucks”). Fue entonces cuando nuestra ciudad comenzó a llenarse de carritos hamburgueseros casi en cada calle o avenida, todos nocturnos.




Porque en efecto, en Torreón la hamburguesa se encuentra en las calles solamente por las noches. Es un platillo nocturno extremadamente popular. La cadena Mc Donalds comenzó en los Estados Unidos en 1940. Cuando en 1993 llegó a Torreón, la ciudad contaba con una larga tradición de producción y consumo de hamburguesas muy al gusto de los torreonenses. 

Mc Donald´s y otras prestigiadas cadenas nacionales llegaron a establecerse y a quedarse en Torreón, pero nunca pudieron abatir, ni siquiera competir, con la hamburguesa callejera, que contaba y cuenta con una gran demanda, poca inversión, abundantes ganancias y numerosos parroquianos hechos al sabor deliciosamente mexicano de este producto. 


Hamburguesas "La Laminita"


Y aunque en la actualidad existen negocios locales de hamburguesas gourmet muy bien puestos, por las noches los pequeños remolques de Torreón continúan impregnando el ambiente con una sinfonía de olores de humo de carbón, carne asada, queso, tocino, mostaza, mayonesa, catsup, cebolla, tomate, lechuga y chile jalapeño. 

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domingo, mayo 29, 2016

Agostaderos coloniales






Los marqueses de San Miguel de Aguayo gozaban de la propiedad del mayorazgo (bienes indivisibles que pasaban por herencia del padre al hijo mayor) concedido el año de 1682, por el Rey Carlos II, a los descendientes del conquistador don Francisco de Urdiñola.

Por la “Historia de la Laguna” de Eduardo Guerra, sabemos que por el año de 1730 los límites del mayorazgo llegaban a los linderos del vecindario de Santa María de las Parras, y con el fin de acrecentarlo, el Marqués solicitó y obtuvo que le fueran mercedadas unas tierras que resultaron con una extensión de ciento quince sitios de ganado menor. 

El 18 de abril de 1731, el alcalde mayor de Parras y teniente de capitán general en Santa María de las Parras y villa del Saltillo, don Prudencio de Bastierra, le dio la posesión material de los 115 ¼ sitios de ganado menor mercedados a los marqueses de Aguayo. 

La solicitud de merced la había hecho don Joseph de Azlor Virto de Vera, tercer esposo de doña Ignacia Javiera de Echeverz y Subiza, segunda marquesa de San Miguel de Aguayo.  El remate lo llevó a cabo don José Mesía de la Cerda y Vargas, oidor de la Real Audiencia de Guadalajara y juez superintendente general de composición de tierras por título despachado en Guadalajara el 22 de enero de 1731.  

Las tierras del mayorazgo se acrecentaron con otras mercedes en 1740 y 1741, y por compra en 1760, a don Andrés Joseph de Velasco.  De esta manera, se fue conformando una de las muchas haciendas de los marqueses, la enorme Hacienda de San Lorenzo de La Laguna, en la Nueva Vizcaya, cuya mayor superficie se ubicaba en Coahuila y una faja de Durango. Harris menciona sus dimensiones:

La Hacienda de San Lorenzo de La Laguna contenía la parte oeste del marquesado y de acuerdo con las escrituras tenía 437 331 hectáreas, pero de hecho cubrían cerca de 979 660 hectáreas. 

El nombre lo tomó de la antigua visita misional de los jesuitas, lugar de pastoreo de las ovejas de los marqueses. Pero también se le llamó “de La Laguna” para distinguir esta hacienda de la de San Lorenzo de Parras. El referente hidrológico contó en la imposición del nombre, puesto que San Lorenzo se ubicaba cerca de la laguna de Mayrán. 

Se debe considerar también que sus tierras se encontraban en el viejo partido de La Laguna, uno de los tres municipios de la Alcaldía Mayor de Parras, Laguna y Río de las Nazas. Con el tiempo y el olvido, se consideró que La Laguna abarcaba solamente a este partido, sin tomar en cuenta que el País de La Laguna consistía en la suma de los tres partidos originales. Santa María de las Parras fue su capital judicial, administrativa, religiosa y cultural.

Las tierras de San Lorenzo de La Laguna eran valiosas para los marqueses de San Miguel de Aguayo por sus aguas y pastos. Estos nobles titulados poseían grandes rebaños de ovejas con los cuales habían establecido prácticas de ganadería trashumante. 

Sobre este punto, y refiriéndose a la era de la independencia, comenta Doris M. Ladd: “El ganadero más importante del virreinato fue un noble criollo mayorazgo, el marqués de Aguayo. El marqués de Aguayo y su nuera, la condesa del Álamo, tenían 420 mil corderos en sus vastas propiedades que se extendían desde Monterrey hasta la ciudad de México”.


viernes, mayo 20, 2016

¿País de La Laguna?


El "País de La Laguna" en un mapa de 1771


Las designaciones de nuestra Comarca Lagunera han variado de acuerdo a los tiempos y circunstancias concretas de percepción y lenguaje. Pero sin duda alguna, desde la época del rey Felipe II se le percibe como una región con unidad hidrológica, territorial y social. Cuando por Real Cédula fechada en Madrid el 6 de abril de 1594 dicho rey dio permiso a los jesuitas para entrar a misionar en la región, la llamó “Provincia de La Laguna” para distinguirla de las de Topia y Sinaloa (Archivo General de Indias, México, 27 N. 62). 

En 1598 se conformó la “Alcaldía Mayor de Parras, Laguna y Río de las Nazas”. Pero la designación más común de la comarca en el siglo XVIII, la de “País de La Laguna”, equivalente a dicha alcaldía mayor, la hace constar el padre Dionisio Gutiérrez del Río, cura párroco de Parras y sus jurisdicciones en su “Carta Informe del cura de Santa María de las Parras, José Dionisio Gutiérrez, al obispo de Durango, Esteban Lorenzo de Tristán, con descripción y noticias de los pueblos y parajes de la jurisdicción de Parras”, carta firmada de su puño y letra el 31 de diciembre de 1786, conocida también como “la pequeña historia (historeta) de La laguna”. 

El manuscrito original lo catalogó Ignacio del Río en su “Guía del Archivo Franciscano de la Biblioteca Nacional de México, 1ª edición, UNAM, México, 1975” con signatura Vol. 1. 1112 . Ms. 29.5 x 20.5 cm. (17/343.1. F. 1-6-vta). Esta carta tenía por objeto dar respuesta a una serie de preguntas que en relación a las misiones, número de misioneros, distancias y lugares solicitaba Carlos III por su Real Orden de 16 de mayo de 1786.  

En el texto de esta carta menciona el padre Gutiérrez que “La vulgaridad y relación que aquí me hicieron los Jesuitas en el tiempo que los alcanzé, daba por asentado que el motivo de haberse despoblado el País de la Laguna, o Bolsón, de los innumerables Yndios que lo habitaban, alzándose y remontándose para lo interior de dicho Bolsón hacia el Norte, había sido la inmatura entrega de sus Misiones y establecimiento de Doctrineros Seculares”. 

Aquí debemos notar dos cosas: el padre Dionisio usa el término “país” en el sentido que tenía en su tiempo, es decir, como equivalente de “región” o “comarca” y no como “nación soberana”. Por otra parte, equipara los términos “País de La Laguna” con el de “bolsón”, vocablo que en el siglo XVIII, significaba “cuenca hidrológica”. Así que ambos términos se refieren en realidad a la región conformada por la laguna o lagunas y la cuenca de los ríos que las alimentaban, el Nazas y el Buenaval (Aguanaval). En otras palabras, nuestra actual Comarca Lagunera.


Por último, mencionamos el testimonio recogido por Eduardo Guerra en su Historia de La Laguna (tercera edición, febrero de 1996, p. 374) en el informe de D.B. Robinson, superintendente general del Ferrocarril Central Mexicano, de fecha del 6 de enero de 1883. 

En él, cita las notas del ingeniero Morley (autor del trazo de la vía) que al hablar de Villa Lerdo y su riqueza agrícola, dice a la letra: “encontrándose colocada en lo que se conoce con el nombre del País de Las Lagunas, con motivo de encontrarse agua en abundancia”. El ingeniero Morley da testimonio de que era público y notorio que a la región se le conociera y llamara de esa manera todavía en 1883.